06 diciembre 2009

Childe Roland A La Torre Oscura Llego




Bueno pues aqui les pongo este relato es el que inspiro a Stenphen King a crear su obra omonima La Torre Oscura, es interesante. Fue escrito por Robert Browning en 1855.
espero les guste:D



I

Mi primer pensamiento fue que mentía en cada palabra,

Aquel viejo lisiado, con mirada maliciosa

Observando con recelo el efecto de su mentira

En la mía, y la boca apenas capaz de disimular

El júbilo, que fruncía y perfilaba

Su comisura, por así haber atrapado otra víctima.


II

¿Para qué si no estaría él dispuesto con su cayado?

¿Para qué, salvo para acechar con sus mentiras, para enredar

A todo viajero que lo hallase allí apostado

Y preguntase el camino? Conjeturé qué risa cadavérica

Estallaría, qué muleta escribiría mi epitafio

Como pasatiempo en la polvorienta calzada,


III

Si por su consejo yo virase

Hacia aquella ominosa región en la que, como todos saben,

Se esconde la Torre Oscura. Aun así, aceptándolo,

Me desvié hacia donde él señalaba: no por orgullo

Ni por esperanza reavivados en el final señalado,

Sino por la alegría de que existiese algún final.


IV

Porque, a pesar de mi vagabundeo por todo el mundo,

A pesar de mi búsqueda que se alargaba a través de los años, mi esperanza

Menguaba en un fantasma no preparado para poder

Con ese turbulento regocijo que brindaría el éxito,

Apenas podía intentar reprimir ahora el salto

Que dio mi corazón, al hallar un fallo en su aptitud.


V

Al igual que un hombre enfermo que se aproxima a su muerte

Parece efectivamente muerto, y comienzan las sensaciones y terminan

Las lágrimas y recibe la despedida de cada amigo,

Y oye a uno proponer a otro marchar, para respirar

Mas libremente en el exterior, (“puesto que todo terminó,” dijo él,

“Y ningún lamento puede compensar la desgracia;)


VI

Mientras algunos discuten si cerca de las otras tumbas

Habrá espacio suficiente para esto, y qué momento del día

Es el mejor para llevarse el cadáver

Poniendo cuidado en los estandartes, pañuelos y bordones:

Y el hombre aún lo oye todo, y solamente anhela

No deshonrar tan tierno amor y permanecer.


VII

Así, he sufrido tanto en esta búsqueda,

He oído el fracaso tan a menudo profetizado, he sido incluido

Tantas veces en “El Grupo” –a saber,

Los caballeros que a la busca de la Torre Oscura encaminaron

Sus pasos– que el sólo fallar como ellos parecía un triunfo,

Y toda la duda ahora era... ¿sería digno?


VIII

Así, en silenciosa desesperación, me alejé de él,

De aquel odioso lisiado, fuera de su camino,

Hacia el sendero que él señalaba. Todo el día

Había sido monótono a lo sumo, y turbio

Se volvía hacia el final, y aún soltó una lúgubre

Mirada roja y obscena para ver al llano atrapar al caminante distraído.


IX

¡Por la marca! Apenas me hube

Internado en el llano, tras un paso o dos,

Al detenerme para echar una última mirada atrás

Hacia el camino seguro, éste había desaparecido; gris llanura por todas partes:

Nada salvo planicie hasta el confín del horizonte.

Debía seguir; no había nada más que hacer.


X

Así que, continué. Creo que nunca antes vi

Tan yerma e innoble naturaleza; nada prosperaba:

¡Por flores, se podía esperar una arboleda de cedros!

Pero la gramínea, el tártago podían, de acuerdo con su ley,

Propagar su especie, sin nada que temer,

Pensarías que una carda habría sido un valioso tesoro.


XI

¡No! Penuria, pereza y mueca,

De alguna extraña forma, eran parte de la tierra. “Mira

O cierra tus ojos,” dijo la Naturaleza de mala gana,

“Nada instruye, mi caso no tiene remedio;

Es el fuego del Juicio Final quien debe sanar este lugar,

Calcinar sus suelos y liberar a mis prisioneros.”


XII

Si algún rasgado tallo de cardo se elevara

Sobre sus compañeros, le cortaban la cabeza, los torcidos

Sentían celos si no. ¿Qué hizo esos agujeros y rasgaduras

En las ásperas hojas de césped del embarcadero, golpeadas como para impedir

Toda esperanza de verdor? Existe alguna bestia que debe andar

Destrozando sus vidas, con bestiales intentos.


XIII

En cuanto a la hierba, crecía tan exigua como el cabello

En la lepra; delgadas hojas secas se erguían en el lodo,

Que por debajo parecía amasado con sangre.

Un yerto caballo ciego, con cada hueso visible,

Permanecía estupefacto sobre cómo llegó allí,

Expulsado de su previo servicio en la caballeriza del diablo


XIV

¿Vivo? Por lo que a mí concierne él podría estar muerto,

Con aquella roja delgadez y el cuello hundido por el esfuerzo

Y los ojos cerrados bajo la enmohecida crin;

Raramente tal monstruosidad iba de la mano con semejante tristeza;

Nunca vi una bestia a la que odiase tanto;

Debía ser perversa para merecer tanto dolor.


XV

Cerré mis ojos y los volví hacia mi corazón.

Como un hombre pide vino antes de luchar,

Pedí un sorbo de anteriores y más felices escenas

Esperando así poder cumplir bien mi cometido

Piensa primero, pelea después –el arte del soldado–:

Un paladeo del tiempo pasado lo pone todo en orden.


XVI

¡Eso no! Imaginé el enrojecido rostro de Cuthbert

Bajo el adorno de sus dorados rizos,

Querido amigo, hasta que casi pude sentirlo rodear

Su brazo con el mío para llevarme hacia el lugar,

Como él solía hacerlo. ¡Ay! ¡La desgracia de una noche!

Se apagó el nuevo fuego de mi corazón y lo dejó frío.


XVII

Luego a Giles –el espíritu del honor–, ahí se yergue,

Leal como hace diez años, recién armado caballero

A lo que cualquier hombre honrado se atreviera (dijo él) él se atrevió.

Bien –pero la escena cambia– ¡Puagh! ¿Qué manos patibularias

Clavarían un pergamino sobre su pecho? Sus propias manos

Lo leyeron. ¡Pobre traidor, escupido y maldito!


XVIII

Es preferible este presente que un pasado así;

¡De vuelta hacia mi oscuro sendero otra vez!

Ningún sonido, nada se ve hasta donde alcanza la vista.

¿Enviará la noche una lechuza o un murciélago?

Pregunté, cuando algo en la lóbrega llanura

Vino a interrumpir mis pensamientos y cambiar su curso.


XIX

Un repentino arroyo se atravesó en mi camino,

Tan inesperado como la aparición de una serpiente.

Corriente tumultuosa discordante con las tinieblas;

Ésta, tal como espumeaba, bien podría haber sido un baño

Para la ardiente pezuña de un demonio al contemplar la ira

De su negro remolino salpicado de escamas y espuma.


XX

¡Tan insignificante, y aún así tan malévolo! A todo lo largo,

Los bajos y esmirriados alisos se arrodillaban ante él,

Los empapados sauces se arrojaban a sí mismos de cabeza en un arranque

De muda desesperación; un suicidio en masa:

El río que les había hecho tanto mal,

Lo que quiera que ello fuese, se iba rodando, sin dejarse disuadir.


XXI

El cual, mientras vadeaba... ¡Cielo Santo, cómo temí

Poner mi pie sobre la mejilla de un hombre muerto

A cada paso, o sentir la lanza que introduje buscando

Agujeros, enredada en su cabello o su barba!

Pudo haber sido una rata de agua lo que ensarté

Pero, ¡Ugh! Sonó como el chillido de un bebé.


XXII

Me sentí alegre al llegar a la otra orilla.

Ahora en pos de una tierra mejor. ¡Vano Presagio!

¿Quiénes eran los contendientes, qué guerra libraban,

Cuyo salvaje pisoteo hollaría así el húmedo

Terreno y lo convertiría en una charca? Sapos en un aljibe envenenado,

O gatos salvajes en una jaula de hierro candente.


XXIII

Así debió haberse visto la batalla en aquel claro talado.

¿Qué los acorraló allí, con toda la planicie a su disposición?

No había huellas que condujeran hacia aquellos hórridos maullidos,

Nada salvo eso. Loco brebaje elaborado para que

Sus cerebros piensen, sin duda, como los de los galeotes que el Turco

Enfrenta para divertirse, Cristianos contra Judíos.


XXIV

Y más que eso –un estadio más adelante– por qué, ¡ahí!

¿Para qué maléfico uso serviría ese mecanismo, esa rueda

–O freno, no rueda–, esa trilla lista para devanar

Cuerpos de hombres como si fuesen seda? Con todo el aspecto

De la herramienta de Tophet, abandonada inadvertidamente en la tierra,

O traída para afilar sus enmohecidos dientes de acero.


XXV

Luego vino un tramo de tierra llena de tocones, otrora un bosque,

Después una ciénaga, o así parecía, y entonces sólo tierra

Desesperada y abandonada (al igual que un tonto halla regocijo,

Hace una cosa y luego la estropea, hasta que su ánimo

Cambia y entonces se marcha) durante un cuarto de acre,

Lodo, arcilla y grava, arena y sombría desolación negra.


XXVI

Ora inflamadas erupciones, de colores vivos y horrendos,

Ora terrenos donde la aridez del suelo

Se volvía moho o una sustancia como forúnculos;

Y apareció un roble paralítico, con una hendidura en él

Como una boca angustiada que resquebraja su corteza

Boqueando a la muerte, y muriendo mientras se repliega.


XXVII

¡Y tan lejos como siempre del final!

¡Nada en la distancia salvo la noche, nada

Hacia dónde dirigir mis pasos! Mientras lo pensaba,

Un gran pájaro negro, el íntimo amigo de Apollyon,

Pasó volando, sin batir sus amplias alas de pluma de dragón

Que rozaron mi gorro... quizá era la guía que yo buscaba.


XXVIII

Pues, mirando hacia arriba, de alguna manera me di cuenta,

A pesar del ocaso, de que la llanura había cedido su lugar

En derredor a las montañas –por honrar con semejante nombre

A los feos y apenas cerros y montículos que tapaban la vista.

Cómo de tal modo me habían sorprendido–, ¡acláralo, Tú!

Cómo salir de ellos no estaba muy claro.


XXIX

Sin embargo, una parte de mí pareció descubrir algún truco

malévolo que me aconteció, Dios sabe cuándo,

En alguna pesadilla tal vez. Aquí terminaba, entonces,

Seguir por ese camino. Cuando, en el preciso momento

De darme por vencido una vez más, escuché un chasquido

Como el de una trampa al cerrarse... ¡te hallas en la guarida!


XXX

Como en una llamarada, comprendí todo súbitamente,

¡Éste era el lugar! Esas dos colinas a la derecha,

Agazapadas como dos toros con las astas trabadas en pelea;

Mientras a la izquierda, una alta y trasquilada montaña… ¡So tonto,

Viejo senil, dormitando justo ahora

Tras pasar una vida adiestrándote para verla!


XXXI

¿Qué se asentaba en el medio sino la Torre misma?

La redondeada torreta achaparrada, ciega como el corazón del loco,

Construida en piedra parda, sin parangón

En el mundo entero. El burlón elfo de la tempestad

Señala con el dedo al marinero, de este modo, el ser invisible

Le ataca, solamente cuando el navío zarpa


XXXII

¿No ves? ¿Acaso por la noche? ¿Por qué? ¡El día

Regresó para eso! Antes de irse,

El moribundo ocaso ardió en una fisura;

Las colinas, como gigantes en cacería, yacen

Con la barbilla en mano, para ver la caza acorralada.

“Ahora apuñala, y termina con la criatura... ¡hasta el mango!”


XXXIII

¿No escuchas? ¡Si hay ruido por todas partes! El tañido

creciente de una campana. Escuchaba

Los nombres de todos los aventureros desaparecidos, mis pares,

Cómo tal era fuerte, y cual valeroso,

Y el otro afortunado, sin embargo, cada uno de ellos de tiempos pasados

¡Perdidos, Perdidos! En un momento tocaba a muerto por años de tristeza


XXXIV

Ahí se encontraban, alineados a lo largo de las faldas de las colinas, reunidos

Para verme por última vez, ¡un marco viviente

Para un cuadro más! En un lienzo en llamas

Les vi y les reconocí a todos. Y sin embargo,

Impávido, llevé a mis labios el cuerno,

Y toqué. “El noble Roland ha llegado a la Torre Oscura”.


3 comentarios:

Karenina Manzano dijo...

hahaha dios!!!
que poema!!!
y que libros
los que se chuta
el stephen king
*-*
netaa cuando termines
tendrás un orgasmo
mentaaaaal
^^
hahaha xido one
menso
te amooo!!

La Tentación dijo...

Paso a dejarte un abrazo y mis mejores deseos esta Navidad

hector dijo...

mmmm no mames esta re largo, te pasas de verga y pon sexo
hahaha no no es cierto, un abrazo beto y pronto ya estare en tu uni y creeme que no querras por alli, ha ya viste la mata corta? aun te falta